Hay un momento en la vida de toda franquicia inmensa en el que alguien, en una sala de reuniones, dice en voz alta «y una cucharilla de cóctel» y nadie se ríe. Ese momento ya ha ocurrido en Rockstar.
El 24 de septiembre, Rockstar puso a la venta en su tienda Grand Theft Auto VI: The Goodtime State – Vice City Collection, una caja de coleccionista de edición limitada que llega el 19 de noviembre, el mismo día que el juego. Cuesta 399,99 euros en España, 399,99 dólares en Estados Unidos y 349,99 libras en el Reino Unido, trae once objetos temáticos y no incluye lo único que cualquiera esperaría encontrar dentro: el juego.
La reacción fue inmediata y no precisamente entusiasta. Hubo quien canceló su reserva, y la comparación con la caja de coleccionista de Red Dead Redemption 2, que también se vendía aparte del juego pero llegaba con otras ambiciones, salió a relucir en cuestión de horas.
Una edición de coleccionista sin lo que se colecciona
Empecemos por el titular, porque todo lo demás se entiende mejor desde aquí: la caja de coleccionista del videojuego más esperado de la década no incluye el videojuego. Pagas por la caja, y luego pagas el juego aparte.
Se ha hecho antes, sí. Y cada vez que se ha hecho ha sido igual de raro. Una edición de coleccionista es un objeto que existe para rodear a otro objeto: la estatua acompaña al juego, el libro de arte acompaña al juego, el mapa de tela acompaña al juego. Quitar el juego del centro deja un anillo de regalos girando alrededor de un hueco, como una fiesta de cumpleaños sin quien cumple años.
Con eso en la mano, la pregunta ya no es si 400 euros son mucho, que lo son. La pregunta es qué te llevas por 400 euros. Y ahí es donde la cosa se pone graciosa.
Inventario del despropósito, pieza por pieza
Esto es, punto por punto, lo que Rockstar mete en la caja:
Macca el caimán, 15 centímetros, con compartimento secreto

La estrella de la caja es una figura de un caimán de dibujos animados con un hueco dentro para esconder cosas. No una estatua de Jason y Lucía, no una reproducción de un vehículo, no una maqueta de la ciudad: un caimán con cajón. Es el tipo de objeto que empieza en la estantería del salón y termina, en menos de un mes, guardando monedas de cinco céntimos encima del microondas.
Gafas Oakley y gorra New Era


Aquí está el truco de magia. Las dos únicas piezas con una marca detrás que significa algo son, casualmente, las dos que sostienen la sensación de que la caja vale lo que cuesta. Son productos buenos, de eso no hay duda. La pregunta incómoda es otra: ¿hacía falta empaquetar unas gafas de sol dentro de una edición de coleccionista de un videojuego? Porque si quitas la gorra y las gafas del lote, lo que queda se parece muchísimo a la bolsa de regalos de un congreso.
Una cucharilla de cóctel

Una cucharilla. De cóctel. En la caja de coleccionista de Grand Theft Auto. Si alguien encuentra a la persona que defendió esta idea en la reunión, que le dé la enhorabuena: hay que tener una fe inquebrantable para levantar la mano y decir «lo que le falta a esto es cubertería».
Un llavero con forma de cuchilla de afeitar

Temático, desde luego. También es el único objeto del lote que puede obligarte a dar explicaciones en un control de seguridad del aeropuerto. Un llavero en forma de hoja de afeitar es exactamente la clase de detalle que suena transgresor en una presentación y ridículo cuando lo tienes colgando de las llaves de casa, al lado del mando del garaje.
Un vaso de chupito de manatí y un imán de nevera


El vaso de chupito con forma de manatí y el espejo magnético completan la sección «souvenir de gasolinera en la salida 12». No hay nada malo en un imán de nevera. Hay algo muy raro en un imán de nevera dentro de un paquete de 400 euros.
Bandolera, pins, pegatinas y póster




El resto es relleno de catálogo: una bandolera pequeña, un juego de pins esmaltados en su lata, unas pegatinas «premium» dentro de una bolsita y un póster a doble cara. Cada una de esas cosas, por separado, es un producto perfectamente normal de una tienda oficial. Todas juntas, presentadas como una edición de coleccionista, son el contenido de un cajón de escritorio vendido como una experiencia.
Lo que otras ediciones sí ponían encima de la mesa
El problema no es que el merchandising exista. El problema es la distancia entre lo que esta caja cobra y lo que este mismo género lleva años entregando por cifras parecidas o menores: estatuas grandes y bien pintadas, libros de arte con lomo cosido, bandas sonoras en vinilo, mapas de tela, cajas con réplicas que ocupan media estantería.
Puestos a hacer el chiste completo: esta es la saga que se toma tres lustros para publicar una entrega, que reconstruye una ciudad entera con un nivel de detalle que da vértigo, y cuya caja de coleccionista tiene como objeto más ambicioso un muñeco de 15 centímetros. Hay mochilas promocionales de cadenas de comida rápida con más ambición.
Ya lo habían hecho antes, y salió mejor
Rockstar no estrena la jugada. La caja de coleccionista de Red Dead Redemption 2 también se vendía por separado del juego, así que el truco tiene precedente en la casa. La diferencia está en lo que había dentro: aquella traía, entre otras cosas, un mapa del mundo, una moneda de recuerdo, naipes, un pisapapeles, una caja metálica con cerradura y un catálogo de la época del juego, todo con un aire de objeto encontrado que encajaba con la ambientación.
Ocho años después, el equivalente para el lanzamiento más grande de la industria es una cucharilla y un vaso de chupito. Que la comparación la hayan sacado los propios jugadores a las pocas horas del anuncio dice bastante de lo evidente que resulta.
Y aun así se va a agotar
Aquí viene la parte que quita las ganas de reírse. Esto se va a vender. Se va a vender en minutos, se va a revender al doble, y en seis meses habrá vídeos de gente abriendo la caja con música épica de fondo y sosteniendo la cucharilla como si fuera una reliquia.
Rockstar lleva una década demostrando que puede cobrar lo que quiera por lo que quiera. El riesgo no es comercial, es de imagen: cuando una compañía que presume de cuidar cada detalle saca una caja que parece montada con el excedente de la tienda oficial, la distancia entre el discurso y el producto se nota. Y se recuerda.
El 19 de noviembre, con el juego en la calle, esta caja se recordará por lo que no trae. Empezando por el juego.